Admitir que estás rota

Si hay algo que he aprendido en estos últimos años es que hablar con normalidad de la depresión, la ansiedad, los miedos, … no es algo malo. Es más, deberíamos normalizarlo y dejar de escondernos del resto de la sociedad. Cuanto más admito lo que me ha pasado, más personas encuentro deseosas de hablar con alguien que entienda cómo se sienten.

Porque no nos engañemos, NADIE que no haya pasado por lo mismo es capaz de entender absolutamente nada. Si nunca te has roto, nunca podrás saber lo que siento. Si no has caído a lo más hondo del pozo, no puedes saber cómo me sentía o entender qué pasaba por mi mente. Si no has sentido que tu mundo se paralizaba y se abría un enorme agujero bajo tus pies, no puedes decirme que me tranquilice y que, simplemente, estoy nerviosa.

No. No me digas que me calme. No me digas que me tranquilice. PORQUE NO PUEDO HACERLO. En medio de una crisis de pánico o de ansiedad, esas son justamente las últimas palabras que quiero que me digas. Porque me pones más nerviosa, porque consigues que me ahogue aún más, que crea que realmente me estoy muriendo. Si no sabes lo que siento, cállate y, simplemente, siéntate a mi lado y dame la mano. Mírame a los ojos e intenta respirar conmigo. Pero no me digas NADA.

Hace unos años me rompí por completo. Mi vida destrozada cual cristal roto en mil pedazos. Toqué el fondo que no deseo que toque ni el peor de mis enemigos. No sólo lo toqué, me quedé sentada en él unas cuantas semanas. Hay cosas que ni las recuerdo, supongo que el cerebro me ha querido regalar ese olvido. Pero muchas otras sí las tengo presentes. El deseo de no abrir los ojos. El querer no despertar nunca más. El llamarme cobarde a mi misma por no tener las agallas suficientes para saltar por el balcón o hacer lo necesario para acabar con mi vida. Porque, ¿a quién le iba a importar?

En esos momentos no te das cuenta de que sí hay gente a quién le importa. En ese punto sólo piensas que eres una carga para el mundo. ¿Cómo te puede querer nadie si eres un juguete roto? Ya no te ríes, ya no te ilusionas, ya nada te hace tener esperanza. Nadie quiere a alguien así a su lado, por tanto seguro que están deseando a que desaparezcas de su vida para siempre. Pero eres una cobarde y no eres capaz de dar el paso. Supongo que, en la profundidad del subconsciente, existe una pequeña llama de esperanza que hace que no seas capaz de hacerlo. Porque, de repente, recuerdas a aquel amigo que sí lo hizo. Y vienen a tu mente las imágenes de su hermano destrozado. Y recuerdas cómo te sentiste cuando te lo dijeron, cómo fuiste incapaz de contener las lágrimas. Porque, ¿cómo había sido capaz teniendo tanta gente alrededor que le quería? Y, por un momento, te das cuenta de que puede que tú también tengas a alguien que lloraría por ti.

Admitir que estaba rota ha sido una de las cosas más difíciles que he hecho en mi vida. Yo, que era la más borde, la más prepotente, la que creía que se podía comer el mundo, la que miraba al resto de la gente como seres insignificantes, yo… esa yo… esa es la que me llevó al fondo del pozo. Porque no era mi yo real, era la coraza que había ido construyendo año tras año, hostia tras hostia, día tras día, decepción tras decepción. Ese yo con corazón de piedra era la creación monstruosa de la vida que había llevado, de las mala decisiones que había tomado, de la gente de la que me había rodeado. Incapaz de reconocer el grano de la paja, a los amigos de los conocidos.

Pero lo admití. Estaba rota. Y necesitaba ayuda. Mucha ayuda. Pero lo que más necesitaba era a alguien que me tendiera la mano sin decir nada. Sin pedir nada. Sin reprochar nada. Que simplemente se quedara allí por un momento, que me mirara y sonriera. Pero nadie parecía saberlo, nadie se daba cuenta de que lo que pedía era muy simple. Porque la gente que estaba a mi alrededor, en realidad eran de paja.

Hasta que un día escupí tanto odio que hice llorar a la única persona que se atrevió a tenderme la mano. Aquella persona que siempre estaba a mi lado, que sabía enviarme a la mierda cuando era más borde de lo normal. Aquella persona de la que me había alejado en cuanto vi que me rompía porque no quería arrastrarla conmigo. Ella, la única que era capaz de mirarme a los ojos y ver mi sufrimiento. La única que nunca quiso que me pasara nada. La única que no pudo más y me dio su mano. Y yo le respondí hiriéndola. Ver sus ojos empañados en lágrimas por mi culpa, fue la mayor bofetada que me he llevado en la vida.

Pero fue la chispa que me hizo reaccionar. La que me hizo salir de la oscuridad. La que me hizo levantar del fondo y empezar a mirar arriba, a aquel rayo de luz que se intuía allá en el fondo. Y empecé a caminar. Lenta y pesadamente. Pero caminé. La aparté otra vez, pero porque no quería que ella tropezara conmigo o tuviera que ver mi triste camino. No quería que me acompañara porque sabía que iba a sufrir por mi culpa. Y yo no podría soportarlo.

Y hoy puedo gritarlo a los cuatro vientos: SÍ, ME ROMPÍ. ESTABA COMPLETAMENTE ROTA. ¿Y? Al igual que los cristales se pueden volver a pegar o, mejor aún, fundirlos para reconstruir, yo renací. El yo que llevaba conmigo todos aquellos años murió. Se quedó en aquel agujero y nunca más salió a flote. Nació el nuevo yo. Un yo frágil, con miles de miedos, lleno de indecisiones, pero un yo nuevo. Más tranquilo, más humilde, con empatía,…

Y aunque me he resquebrajado más veces, ya no he vuelto a romperme más. No me escondo, explico lo que me pasó como podría explicar un pequeño resfriado. Porque sé que hay gente ahí fuera que necesita saber que romperse no es nada malo. Que se puede salir del pozo, que se puede reconstruir. He tendido muchas manos en estos años, he evitado que un un cristal resquebrajado acabara rompiendo la luna entera. Y voy a seguir sin esconderme, porque admitir mis debilidades me ayudan a ser más fuerte. Porque sigo encontrando piedras en mi camino. A veces son rocas enormes, pero he aprendido a rodearlas sin dejarme la salud en ello.

Y espero seguir aquí por mucho tiempo, aunque mi subconsciente se empeñe en decirme lo contrario. Esta vez no dejaré que el miedo me venza. Esta vez no conseguirá que me vuelva a romper.

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Un comentario:

  1. Ay, te entiendo tanto tanto…

    Me parece muy bien que hayas sacado todo fuera y que puedas hablar con normalidad de todo ello…

    Si me necesitas, silba…

    No sabes lo mucho que te aprecio!!!

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