El colegio: aquellos años horribles.

Siempre he sentido que no encajaba. Empecé en mi nuevo colegio, con un nuevo idioma y unos nuevos compañeros justo cuando cumplí los 6 años y ese fuer el primer día de mi vida en que me sentí completamente fuera de lugar. Yo era un bicho raro que no entendía nada cuando le hablaban y a la que dejaron apartada en un rincón hasta que supiera hablar la lengua extraña que hablaban ellos.

Y por mis cojones narices que lo hablé pronto. Incluso creo que el forzarme tan rápido a hablarlo desarrolló mis habilidades con los idiomas. Aunque claro, de donde yo venía mi madrina no hablaba otra cosa que gallego, así que ya estaba más que acostumbrada a oír dos lenguas distintas allá por donde fuera.

Siempre he sido tímida o callada o, simplemente, tonta. A día de hoy aún sigo sin tenerlo demasiado claro. Recuerdo el cole con bastante asco y no por los profes ni por los estudios, sino por mis compañeros. No todos, por supuesto, pero la mente es así de caprichosa y aunque sólo sigo odiando con toda mi alma a tres o cuatro personas que me amargaron el período escolar, lo cierto es que mi cerebro ha decidido dar carpetazo a esa época y ha guardado los recuerdos tan profundamente que por mucho que intente llegar a ellos, no hay manera. Lo que sí recuerdo es que me gustaba más estar con los niños que con las niñas. Los encontraba más divertidos y mucho menos complicados.

Creo que en EGB (sí, yo soy de la época en que existía) aprendí que no me gustan los grupos (o como se dice en catalán, las collas – lo especifico porque sé que se me escapará en algún momento) y, mucho menos, me gustaban los grupos de chicas. En mi clase yo pasaba completamente desapercibida y sin acabar de saber si tenía amig@s o no. Lo cierto es que si miro atrás, tenía dos: una niña y un niño. El resto aprendí pronto que de amigos nada, simplemente compañeros de clase. O es que yo era muy selectiva, que también puede ser. Además, las niñas tenían todas grupitos y yo no me veía en ninguno de ellos. Hasta que caí de casualidad en el equipo de atletismo y como corría mucho y se me dio por ganar cada vez que corría, pues las guays me adoptaron en su grupo. Bueno, la más guay de todas debió arrepentirse mucho cuando en octavo me ordenó que la dejara ganar en una prueba y mi  espíritu competitivo se negó en rotundo. Creo que dejé de caerle bien; es más, creo que nunca le caí bien pero simplemente lo disimulaba (lo que hoy en día llamaría ser una falsa de mierda, vamos).

Ahora que lo escribo y lo recuerdo, creo que mis dotes antisociales se desarrollaron muy temprano. Y cómo los niños eran justo lo contrario, me arrimaba más a ellos. Porque a mi me gustaba correr, saltar, ganarle a los chicos, jugar a lo bruto,.. no estar mirando de reojo a la de allí al lado, ni llamarle gorda a la más grande de la clase, ni creerme superior a los demás. Recuerdo lo mal que me sentía cuando veía lo que hacían “las líderes” y lo imbécil que fui al callarme y asentir en plan borrego. Porque claro, a las guays no se las discutía si no querías tener problemas con ellas.

Pero voy a ser positiva y darles las gracias por todo lo que me enseñaron: qué no ser, qué no decir, qué no hacer. Gracias a que en último curso a una se le diera por hacerme la vida imposible porque estaba colada por el guaperas de la clase y se dedicó a restregarme por la cara que yo era una don nadie que nunca podría tenerlo (sí, tuve la gran idea de enamorarme perdidamente del guapo de la clase, que para más inri era amigo mío porque su amigo del alma era mi vecino y nos llevábamos de muerte). Les doy las gracias porque entendí que podía vivir mi vida sin necesitar pertenecer a ningún grupo, es más, creo que por ello mis años de instituto no fueron tan horrorosos. Pero eso, ya es otra historia…

Y cómo siempre me he sentido un poco rara, creo que esta es la canción que más le pega a esa sensación:

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